Y cuando más era necesario dibujar, me veo obligado a escribir. Mi renovado asombro por la fotografía, la catástrofe de líneas finas con el lápiz en la que me pierdo cada tarde, la insinuación de la realidad allí donde sea que pongo la mirada, este ritmo incesante de la reflexión, los juegos irisados entre la realidad y su sombra… todo esto no sé a dónde va a arrastrarme. He sentido mi propia mirada, la siento en el acto mismo del mirar: tengo conciencia clara de que es un árbol torcido y al mismo tiempo es un instante y un destino. Desde que volví de Buenos Aires se despertó cierta videncia insoportable, se rompió con violencia para mí el espacio y el tiempo de la vida. Y aunque sean sólo conceptos, son los lentes con los que ahora puedo bajar éstas escaleras, más profundamente.